Las madres destinadas a reproducción ven su vida limitada a la inseminación artificial, el embarazo, el parto, la lactancia y la separación de sus bebés, en un ciclo continuo que finaliza con su asesinato.

Permanecerán durante casi todo el periodo de gestación de cuatro meses de duración encerradas y encadenadas en jaulas metálicas individuales que les impiden moverse, haciéndoles permanecer todo el tiempo tumbadas para que los bebés puedan mamar.

Una cerda reproductiva no puede girarse ni levantarse durante casi todo el periodo de gestación de cuatro meses durante el que permanecerá encerrada en jaulas metálicas individuales que le impiden moverse y le obligan a permanecer todo el tiempo tumbadas para que los bebés puedan mamar. No puede acariciarles ni juguetear con ellos como haría normalmente. Estos, aún muy pequeños maman de ella inconscientes de lo que se les avecina y no se percatan de que provocan mordiscos a su madre en los pezones, generándola un dolor que ella podría evitar si no estuviese en semejante situación.

Su vida está determinada por diversos factores, todos ellos estudiados exhaustivamente por la zootecnia y aprendidos en las asignaturas de producción animal de los estudios de agrónomos o veterinaria. Lo que come y en qué cantidad, cuánto tiempo permanecerá echada, cuándo será inseminada forzosamente y cuándo sus hijos serán apartados de ella está decidido de antemano. No puede elegir absolutamente nada, todas las elecciones son tomadas por el encargado de la explotación. Su vida se convierte en padecer su explotación, sin más escape que la muerte. Su sexualidad y reproducción se convierten en parte de su esclavitud. Existe mientras produzca lechones, mientras alimente al mercado con víctimas. La carne de lechón es muy codiciada y algunos humanos la consumen en fechas especiales. Otros serán mantenidos con vida para que engorden. Las cerdas pequeñas serán el reemplazo de sus madres. Cuando ya no puedan más y su capacidad de seguir quedándose embarazada y dar a luz más lechones disminuya, será asesinada.

Estando en libertad, una cerda embarazada recorrería hasta 30 kilómetros buscando un lugar idóneo para parir, y profesaría a sus bebés todo el cariño y cuidados necesarios, del mismo modo que lo haría cualquier madre. A las tres semanas o antes se produce la trágica separación y los bebés son enviados a cubículos de engorde o al matadero.